PREÁMBULO

La discapacidad intelectual, ha sido denominada y considerada a lo largo de la historia de forma distinta (anormalidad, insuficiencia, deficiencia, subnormalidad, idiotez, etc.). En el siglo XIX la discapacidad intelectual se diferencia de patologías como la criminalidad, la epilepsia o la locura. Aun así, se mantendrá centrada en un análisis puramente de patología biológica.

En la actualidad el término discapacidad intelectual, agrupa a las personas que históricamente se les denominaba con retraso mental. Esta representación, en primer lugar, se ajusta a la terminología internacional y expresa los cambios propuestos por la Asociación Americana sobre Discapacidad Intelectual y Discapacidades del Desarrollo (AAIDD) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el constructo de discapacidad. Además, orienta las prácticas profesionales actuales centradas en conductas funcionales y factores contextuales, se proporciona un marco socio-ecológico para la provisión de apoyos individualizados y por último, y no menos importante, es menos ofensivo para las personas con discapacidad.

La AIDD, propone (en 1992) y perfecciona (en el 2002) un modelo multidimensional del funcionamiento humano sobre dos componentes principales, cinco dimensiones y la mediación de los apoyos (Figura 1).

De esta manera, se entiende la discapacidad como la expresión de limitaciones en el funcionamiento de la persona en un contexto social y que representa una desventaja substancial.

Actualmente, la discapacidad intelectual, se define como aquella que “se caracteriza por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en conducta adaptativa tal y como se ha manifestado en habilidades adaptativas conceptuales, sociales y prácticas. Esta discapacidad se origina antes de los 18 años”. (AAIDD, 2011, p. 33)

El término discapacidad intelectual hace referencia a un estado de funcionamiento y no una condición. La manifestación de la discapacidad intelectual, “supone la interacción recíproca y dinámica entre habilidad intelectual, conducta adaptativa, salud, participación, contexto y apoyos individualizados” (AAIDD, 2011, p. 43). Es decir, el marco teórico de la definición presentada se enmarca en el marco conceptual de las 5 dimensiones del funcionamiento humano y su relación con el paradigma de apoyos. Y considera, que “con los apoyos personalizados oportunos mantenidos a lo largo de un periodo, el funcionamiento vital de la persona con DI generalmente mejorará” (AAIDD, 2011, p. 33).

La importancia de las necesidades de apoyo para la comprensión de las personas con discapacidad intelectual, adquiere gran relevancia en este nuevo modelo. Las necesidades de apoyo “hacen referencia al patrón e intensidad de los apoyos necesarios para que una persona participe en actividades relacionadas con un funcionamiento humano estándar” (AAIDD, 2011, p. 167). Entendiendo los apoyos, como “recursos y estrategias cuyo propósito es promover el desarrollo, la educación, los intereses y el bienestar personal, y que mejoran el funcionamiento individual” (AAIDD, 2011, p. 167).

Supone un “cambio de un enfoque limitado en la persona y su discapacidad hasta una perspectiva más amplia sobre cómo mejorar el funcionamiento humano a través de la reducción de la asimetría entre las personas y sus entornos mediante el uso de apoyos individualizados y de la información sobre los resultados personales relacionados con la calidad de vida para la investigación, la elaboración de informes y la mejora de la calidad” (Schalock, 2009, pp. 84-85).

Recuerda:
● La discapacidad intelectual no es una enfermedad mental.
● Las personas con discapacidad intelectual son ciudadanos y ciudadanas como el resto.
● Cada una de estas personas tienen capacidades, gustos, sueños y necesidades particulares. Como cualquiera de nosotros.
● Todas las personas con discapacidad intelectual tienen posibilidad de progresar si le damos los apoyos adecuados.